Del aumento de impuestos.

 

Por: Dr. José Guadalupe Estrada Rodríguez.

En la colaboración inmediata anterior comentábamos que en el vecino país del norte se acababa de aprobar una de las más ambiciosas reformas fiscales de que se tenga memoria en épocas recientes. Anotábamos igualmente que los esquemas tributarios de los países tienen por finalidad lograr un sano equilibrio entre los ingresos y los egresos públicos de todas las naciones. En la forma y contenido como son concebidos los impuestos, se pueden crear condiciones para una economía sana y fuerte o bien, al contrario, que el sistema impositivo se convierta una pesadilla para el crecimiento adecuado de la riqueza doméstica. Es decir, los habitantes de un estado tienen la ineludible obligación de pagar contribuciones para el sostenimiento de la estructura gubernamental y todos los servicios públicos que presta, pero sólo en la medida que ese pago no sea ruinoso para las finanzas personales y que permita a los particulares y a las empresas ganar dinero, invertir esas ganancias, crear y mantener fuentes de trabajo para que la gente tenga ingresos y a su vez consuma y reactive la economía en un círculo virtuoso. Y fue por ello que, pensando en fomentar este círculo de impuestos bajos para que se reinviertan las ganancias, se creen empleos, se generen más ingresos a la población, aumente el consumo y se reactive la economía nacional, en los Estados Unidos se aprobó una reforma fiscal que reduce los impuestos que pagan las empresas y los individuos en porcentajes que algunos calculan entre un 30 y 40 % de manera permanente a partir de 2018.

No obstante que estas políticas impositivas de reducir al mínimo indispensable las contribuciones que pagan los particulares, con la finalidad de que las ganancias que se obtengan se destinen a crear más riqueza, hemos observado que a lo largo y ancho de éste país, muchos gobiernos estatales y municipales han decidido aumentar desmesuradamente los impuestos que recaudan, hasta en un cien o doscientos o trescientos o cuatrocientos por ciento de alza en relación con el año inmediato anterior. Las alzas al impuesto predial, la tenencia de vehículos, el impuesto sobre nóminas, las contribuciones de mejoras y algunos otros considerados como “locales”, han sido la mala noticia constante y sonante con la que hemos despertado este nuevo año que se avecina, cual pesadilla de mala leche.

Lo que sucede cuando en algún lugar, o en algún país, las cargas tributarias son demasiado elevadas, se desincentivan las actividades económicas productivas, las que generan riqueza, los agentes económicos, o bien deciden cerrar la producción o trasladar su actividad hacia otras latitudes cuyos sistemas impositivos sean más flexibles. Lo anterior ocasiona una espiral negativa que afecta a todo mundo, pues la población, en general, tiene menos ingresos, gasta menos, realiza menos transacciones comerciales, consecuencia de ello hay menos generación de riqueza y de ganancias y, menos recaudación de impuestos, es decir, una política tributaria excesivamente recaudatoria lo único que ocasiona es recesión económica y menos ingresos vía contribuciones.

Por ello, está demostrado de sobra, con experiencias bien documentadas, que las mejores prácticas económicas y tributarias son aquéllas que reducen al mínimo indispensable las cargas impositivas a las personas y las empresas, pues con ello se incentiva el intercambio comercial, el consumo, lo que trae aparejado la creación de más y mejores empleos, la creación de riqueza, el fomento a la inversión productiva y, con todo ello, obviamente, el aumento de la cantidades que se recaudan vía impuestos (se recauda más en múltiples actos impositivos de pequeñas cantidades).

Los hacedores y deshacedores de las políticas gubernamentales en la materia deben ser lo suficientemente cuidadosos para lograr que las cargas impositivas sean justas, racionales, adecuadas y atractivas, pues de lo que se trata es crear riqueza, y no imponer gravámenes absurdos y desproporcionados. Si se logra crear esta circunstancia mencionada en último término, un determinado lugar, país o estado será atractivo para la inversión y la creación de empleos, con lo que se creará más riqueza y, por ende, se cobrarán más impuestos y habrá más ingresos para las arcas gubernamentales. De hecho, una de las mejores políticas tributarias que se puede concebir es, como se ha insistido mucho y paradójicamente, bajar al mínimo indispensable las cargas impositivas, pues repetimos, se da un círculo virtuoso, ya que hay más atracción de inversiones, más generación de negocios y de empleos, más generación de riqueza, y, por tanto, más ingresos fiscales.

En fin, jamás nos cansaremos de insistir que en materia de políticas tributarias dos más dos no siempre son cuatro, y subir las contribuciones al doble no va a verse reflejado en duplicar los ingresos, puede ser mucho menos o hasta haber pérdidas netas.

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